¿Qué es el placer? (o por qué no quiero ser feliz) (Capítulo 2)

Tu placer y el mío

Ni que decir tiene que, aunque en esencia producido en los mismos circuitos cerebrales, no son todos los placeres iguales. Los placeres divergen en intensidad, calidad y matices. Desde luego es placer escuchar una pieza musical agradable, y no menos placer es contemplar un bello amanecer estirado en una playa tropical, pero son muy diferentes entre sí. Incluso el mismo placer, experimentado en condiciones distintas puede resultar muy diferente. No es lo mismo saborear una deliciosa tarta de queso en un cálido y relajado local barcelonés, que en el office del trabajo, simplemente, sabe distinto.

Tarta de queso con arándanos.

Hay muchas variables implicadas en la forma en que experimentamos una vivencia placentera. Esa experimentación está influida por el aprendizaje, por como se ha modelado nuestro cerebro en experiencias previas. Pongamos por caso que, esa tarta de queso, la degustamos por primera vez en un entorno idílico, y además la cogimos con apetito, produciéndonos una buena recompensa. Si hoy sabemos que vamos a probarla de nuevo, porque un apreciado amigo nos va a traer una para el café, nuestro sistema de recompensa se activa horas antes, porque sabe que la recompensa está cerca, sabe que la tarta de queso está en camino. Las áreas del cerebro que almacenan aquel buen recuerdo (principalmente el hipocampo) están conectadas con ese sistema de recompensa, y le envía mensajes (impulsos eléctricos neuronales), “hey! te acuerdas de aquel delicioso postre? te acuerdas de cuanta dopamina liberaste al probarlo?, hoy lo vuelves a catar!” . Desde ese momento ya se comienza a liberar dopamina, ni si quiera has visto la tarta todavía, pero YA estás experimentando placer. A ese fenómeno, a la capacidad de sentir placer antes de tener la recompensa, se le llama anticipación. Desde aquí, es fácil intuir, que un mecanismo antagónico consigue el efecto contrario si el recuerdo es negativo. Si el día que la probamos acabamos vomitando, sólo pensar en la tarta nos provoca nauseas.

Sopa sólida - Ferràn Adrià

De esa forma sabemos que las experiencias previas condicionan el placer que sentimos ante cualquier estímulo. Otros muchos factores influyen en este proceso que conforma el “color” del placer. Tenemos un finísimo e intrincado grupo de circuitos de neuronas que descargan sus impulsos con frecuencias distintas en función de si un alimento está caliente, si es sólido o líquido, según su textura… Eso da cierto crédito al éxito de la sopa sólida de nuestro investigador culinario Ferrán Adrià, y otras peripecias sorprendentes que deleitan paladares en los templos de la nouvelle cuisine .

Cada cerebro único, de cada persona única, se ha ido creando, moldeando y conectando de diferente manera. En función de sus genes y de las vivencias que ha tenido. Por ese motivo, a cada uno nos gusta una música distinta, una comida y no otra, unos somos más hedonistas y otros son más estoicos… (estos últimos pueden ir cambiando de blog ;p)

Placer y adicción

Pero abandonarse al placer sin control de forma continuada acaba mal (y mira que me cuesta escribir esto). Una buena muestra de ello son las drogas. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el aumento de energía, disposición y atención que se experimenta tras una buena taza de café por la mañana?

Los receptores que activan las neuronas responsables de hacer funcionar los centros del placer son bastante inespecíficos, es decir, no sólo los activa la dopamina, o su neurotransmisor habitual, también pueden activarse por sustancias que se le parecen de forma artificial. La cafeína, por ejemplo, entre otras cosas, activa los receptores del ATV (que explicamos en el post anterior) y esté provoca que se libere dopamina en el n. accumbens proporcionándonos sensaciones agradables.

El uso de drogas por el ser humano está bien documentado de que se encontraron restos de cocaína en momias datadas alrededor del año 2000 antes de Cristo. Se puede decir que desde entonces no hemos parado de consumir drogas con diferente potencial adictivo.

La dopamina no está implicada únicamente en los sistemas relacionados con el placer, opioides endógenos (que produce el mismo cerebro), varios péptidos (proteínas muy pequeñas) y otros neurotransmisores realizan funciones en estos cúmulos de neuronas. Por ese motivo, hay muchas drogas con diferentes efectos en el sistema nervioso central. Los opioides por ejemplo, modulan la sensación de dolor. De ahí, que la morfina, la codeína, la heroína y otros opioides alivien o anulen el dolor. Otras drogas provocan efectos estimulantes, relajantes, entactógenos (nos hacen sentir más empáticos, más sociables y divertidos) e incluso alucinatorios.

Pero ¿qué ocurre cuando nos volvemos adictos a una sustancia? ¿Por qué no podemos disfrutar de sus efectos de vez en cuando y ya está? Bueno, en primer lugar no todo el mundo tiene el mismo riesgo de volverse adicto a una sustancia. Este tema daría para otro, o varios posts, pero en esencia en nuestros genes, tenemos “escrita” una mayor o menor predisposición (debilidad) para hacernos adictos. De modo, que algunas personas tienen la suerte de poder fumarse un cigarrillo de vez en cuando, sin caer, como la mayoría, en entrar en el gran club de los fumadores empedernidos.

Cuando proporcionamos al cerebro una sustancia que activa nuestros sistemas de recompensa de forma repetida y continuada, se producen en ellos cambios profundos que determinan cambios importantes en nuestra experiencia y nuestra conducta. Ocurre que, los sistemas no aguantan una liberación de dopamina sostenida, de forma simple y tontorrona digamos que “se queman”. Comenzamos a necesitar más y más sustancia para I don't like the drugs, but the drugs like me...conseguir la misma sensación (fenómenos de tolerancia). Tras un tiempo, ya no conseguimos esa sensación, necesitamos esa sustancia simplemente para no sentirnos mal, para no sentir su falta (abstinencia). Y finalmente perdemos capacidades tan importantes, como la de disfrutar, amar, controlar nuestros impulsos… dando como resultado el panorama que por desgracia todos conocemos. Así que, por si no os había llegado… las drogas son malas.

Dolor y placer

Sadomasoquismo, automutilaciones, ver las noticias… sí, a veces el dolor es placentero. Una paradoja que atrae y despierta curiosidad de científicos, filósofos y hombres y mujeres de a pie. ¿Que sabemos de esta fatal relación?

Pues gracias a los muchos estudios realizados a día de hoy con diferentes técnicas de imagen del cerebro, sabemos que los centros que producen el dolor, se hallan muy cerca y muy conectados con los del placer. La liberación intensa de dopamina y de opioides endógenos inhibe los centros del dolor, y a la inversa, la actividad neuronal de los centros del dolor inhibe a los centros del placer.

El mecanismo por el cuál, en ciertas condiciones el dolor puede ser placentero, es rematadamente complicado. Por una parte se explica por conceptos exclusivamente humanos. Sentimientos como la culpa, la vergüenza y la ira, bien arraigados en nuestra cultura en parte “gracias” a la religión, nos crean un estado anímico negativo, que se libera cuando creemos hacer justicia autoinfligiendonos el mal que suponemos haber hecho. Eso explica el éxtasis que narran experimentar, por ejemplo, quienes se flagelan en procesiones. El pensar que nos liberamos de la culpa hace que liberemos tal cantidad de dopamina que anula y supera el dolor, quedando como resultado un triunfo del placer (a costa de una terrible derrota del sentido común…). También eso explica en parte, porqué algunas personas sienten alivio cuando tras sentirse en conflicto consigo mismas se realizan cortes en la piel para sentir dolor.

Por otro lado, el cerebro tiene mecanismos para regular el dolor. El dolor existe porque es una excelente alarma para saber que algo no anda bien en el cuerpo, y que más vale no manipularlo mucho y prestarle atención. Pero cuando el dolor se cronifica puede ser muy nocivo para el estado de ánimo (la gente que sufre dolor de forma continuada en el tiempo, adolece a menudo de síntomas depresivos, que pueden llegar a ser más graves e invalidantes que el propio dolor). Así, cuando el dolor es intenso el cerebro libera sustancias químicas, como los opioides endógenos, que inclinan la balanza dolor/placer del lado que nos gusta más. Se puede entender pues, que el dolor físico produzca placer en circunstancias concretas. Y también explica el efecto de técnicas como la acupuntura sin tener que recurrir a explicaciones retorcidas y poco serias, como energías extrañas, chacras y demás inventos de tebeo.

Placer y felicidad. ¿Qué es la felicidad?

¿Qué es la felicidad? ¿El placer conlleva a la felicidad? ¿Hay que colmarse de placeres para ser feliz?

Antes de nada quiero advertir de una cosa en relación con este último apartado. La felicidad, a diferencia del placer, es un concepto puramente filosófico, no es cuantificable ni se puede relacionar directamente con circuitos o funciones cerebrales (esto no es estrictamente cierto, pero se acerca mucho a serlo ;)) De modo que, a diferencia de la tónica general de lo que escribo aquí, esto no esta basado en estudios ni resultados científicos, es pura conjetura del ignorante en filosofía que os lo cuenta.

En mi opinión, la respuesta a segunda pregunta que encabeza el apartado es: sí. A la última es: no. Y a la primera me encantaría contestar, pero habrá que conformarse con lo que sigue.

Sólo sentimos placer al beber agua cuando tenemos sed. Por lo tanto, el placer es una sensación que se produce cuando colmamos una necesidad. De ello se deriva, que es imposible mantener un estado contínuo de placer. Luego el placer no es felicidad.

Una vez hemos bebido agua y calmado la sed, ya no sentimos placer. Sólo si tenemos la inmensa suerte de no tener ninguna otra necesidad en ese momento, lo que experimentamos es una sensación de confort. Esa sensación de confort, de no sentirnos presionados a saciar ninguna necesidad, es lo que yo entiendo por felicidad. En palabras de Aristóteles: “No es el placer, sino la ausencia de dolor, lo que persigue el sabio”. Por lo tanto, el placer si que conduce a la felicidad, en tanto que implica que colmamos nuestras necesidades. Y no es necesario colmarse de placeres para ser feliz, basta con no crearse más necesidades que las que nos vienen impuestas por nuestra biología.

La pregunta que a mí me ha traído de cabeza, es la siguiente ¿quiero, realmente ser feliz? Y, ¿sabéis qué? que no. No quiero ser feliz, porque la felicidad me parece aburrida, es la falta de movimiento, la ausencia de intereses, la apatía, el cero kelvin. Me quedo con mis placeres y mis dolores, con mis depresiones y mis alegrías, con mis castigos y mis excesos. Y, con todo el respeto que merece Aristóteles, me quedo con la frase del genial William Blake: “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”.

- Soskeptical -

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Desde que iniciase este proyecto de blog, hace ya más de un año, he visto con mucha ilusión aumentar progresivamente el número de visitas. He recibido numerosos correos con sugerencias, apoyo, felicitaciones y también duras críticas. Quiero agradeceros de todo corazón que hayáis querido participar de esta humilde empresa de divulgar esa fuente inagotable de maravillas que es la ciencia, vuestros ánimos, vuestras críticas y, sobretodo, que hayáis querido invertir algo de vuestro valioso tiempo en construir este pequeño espacio donde espero que nunca os falte la dopamina… bien repartida.

C.

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¿Qué es el placer? (Primer capítulo)

El placer es…

El instrumento que utiliza nuestra biología para mantenernos vivos y reproducirnos. Es un engaño, un cebo, una treta fascinante que nos guía como el dedo que sigue las líneas del libro de instrucciones que no tenemos.

El placer constituye la esencia del mecanismo mediante el que nuestra naturaleza nos motiva a realizar acciones que nos son necesarias para sobrevivir o reproducirnos, a falta de poder sentarse a explicárnoslo el día en que nacemos.

Así, cuando nuestro cuerpo necesita nutrientes y estamos hambrientos, comer nos provoca placer. Cuando tenemos frío el calor nos provoca placer. Cuando necesitamos dormir, nos entra sueño y acurrucarnos en la cama nos provoca placer. Además, nuestro sistema de recompensa (así se denomina el conjunto de estructuras cerebrales que asocia nuestras conductas con sensaciones placenteras) es capaz de priorizar, según el estado de nuestro organismo, lo que más necesitamos en cada momento. Por ejemplo, el sexo es placentero, y lo necesitamos para reproducirnos, pero no lo es tanto si nos estamos muriendo de frío.

 

El origen del placer   (el origen de la vida)

El origen de la vida es una historia maravillosa que se inicia con moléculas que son capaces de hacer copias de sí mismas, utilizando materia de su entorno. Estas moléculas pasaron a organizarse en células, para conseguir más eficiencia a la hora de replicar su contenido esencial (sus genes). Hasta ahí la cosa funcionaba de forma bastante mecánica. Pero estas formas de vida “simples” continuaron evolucionando,  perfeccionando sus mecanismos para ser más eficientes. Así las células se comenzaron a organizar en organismos más complejos.

Un organismo pluricelular (con más de una célula) es una forma de vida mucho más segura y eficiente para proteger y reproducir su material genético. Pero esa complejidad conlleva nuevas necesidades para mantenerse funcionante, vivo.

Pongamos por caso un organismo, a nuestros ojos, bastante simple, una almeja. No podemos decir que las almejas lleven una vida ajetreada, pero sí tienen algunas necesidades que cubrir. Necesitan nutrientes para crecer y reproducirse, necesitan un entorno acuoso, salino y templado. Y, por supuesto, defender su blando cuerpo de los abundantes depredadores que la rondan. Si sacamos una almeja del mar, y la introducimos en agua sin sal, veremos que cierra su concha para mantener, el máximo tiempo posible, su pequeño reducto salino. Tras un tiempo la volvemos a colocar en agua de mar. Observaremos que no pierde tiempo en abrir su coraza, moverse, burbujear y enseñarnos su gelatinosa lenguecilla en busca de alimento.

Ocurre que, incluso las almejas, tienen su pequeño sistema nervioso. Y si analizamos lo que ocurre en él, vemos que al detectar sal en el agua, ese sistema nervioso “intuye” la presencia de alimento, y prentende “motivar” a su cuerpo para buscar comida, y para eso libera dopamina. Es su sistema de recompensa,  a la almeja “le gusta” la sal, y ese es el placer que la moviliza para buscar alimento. ¿Estoy diciendo que sienten placer las almejas? (los chistes fáciles, para otro blog, gracias ;) ) No voy a entrar en discusiones filosóficas sobre como viven el placer las almejas (al menos no sin un par de gintonics), pero lo cierto es que se trata de un sistema de recompensa mucho más simple y reducido, pero de función muy similar al nuestro. De hecho comparte el mismo neurotransmisor, nuestra vieja amiga la dopamina.

Evolución del placer   (Jugando con la dopamina)

A medida que los organismos, las especies, fueron evolucionando, fueron apareciendo nuevas necesidades y nuevos sistemas de recompensa. Todos hemos visto, algún apacible domingo por la tarde, cómo los felinos, por ejemplo, disfrutan jugando a pelearse. Es una visión entrañable que nos suele despertar cierto cariño, nos recuerdan a nuestros niños jugando. Se diría que andan matando el tiempo, a fin de cuentas ¿que más se puede hacer en la sabana? Pero en realidad, lo que están haciendo es perfeccionar sus reflejos y técnicas para matar algo bastante más nutritivo que el tiempo. Por ese motivo, el juego es algo tan común e imprescindible en los mamíferos y, por supuesto, también en los humanos.

A menudo se nos cae la baba viendo a un “peque” de 10 o 12 meses gateando hasta su juguete de colores vivos, manipularlo, lanzarlo, y volver a ir a por él. Juega, y es evidente que disfruta (si no te parece tan evidente, trata de quitárselo). Pero nuestro “peque” tampoco se entretiene matando el tiempo, muy lejos de eso, está realizando una de las tareas más serias que hará en su vida. Está grabando en su cerebro los programas sensoriomotores que le permitirán, en el futuro, moverse, cuidarse, trabajar y vivir como un adulto. Y nada de todo eso sería posible si, cada vez que alcanzase su camión de bomberos, una liberación inmediata de dopamina en su núcleo accumbens no le proporcionara placer.

Neurobiología del placer   (O cómo nos engatusa el accumbens)

Para ver como funciona el placer hay que hacer un viaje propio de Jules Verne hacia las profundidades del encéfalo. Bien escondido en el centro del cerebro se halla un sistema complejo, formado por diferentes estructuras (núcleos de neuronas) que llamamos sistema límbico.  Se origina en el mesencéfalo (el tronco del cerebro), en concreto en el área tegmental ventral (ATV) donde se halla un núcleo de neuronas que se dirigen hacia adelante, comunicándose directamente con el núcleo accumbens (localizado por delante del anterior), y con otras estructuras relacionadas con las emociones y la memoria (amígdala, hipocampos, y muchas otras). Cuando las neuronas del ATV reciben el aviso de que hay algo agradable ahí fuera, comienzan a disparar impulsos eléctricos que hacen descargar dopamina en el núcleo accumbens, y es entonces cuando se obra el milagro… sentimos placer. Las conexiones con la amígdala y el hipocampo, permiten que asociemos al placer proporcionado, por ejemplo por un beso, emociones positivas, y que recordemos que eso nos gustó, y que estaría bien que se repitiera. A nadie se le escapará que esto tiene que ver con la adicción a las drogas, con el juego… Pero de eso hablaremos más adelante. Así, de forma muy simple, y para tener una idea concreta de lo que ocurre ahí dentro, cuando nos gusta una comida, nos gusta porque el ATV nos inunda el accumbens de dopamina, y lo mismo ocurre cuando vemos a una persona atractiva, cuando leemos una buena novela, cuando escuchamos esa canción especial, cuando vemos actuar a Christian Bale o cuando nos tomamos un buen whisky.

Continuará…

Me resultaría difícil ocultar que este es uno de mis temas preferidos. Consciente de ello, he desistido de intentar elaborar un post sintético, sencillo y ameno, y he optado por hacerlo en varias entregas para no agobiarte más de la cuenta. Quedan capítulos interesantes por tratar: Las diferentes formas de placer que podemos experimentar, por qué nos enganchamos a drogas que provocan placer y no a otras cosas, por qué el dolor es a veces placentero (o porqué el placer hace que incluso dejemos de sentir dolor)… Y seguro que se os ocurren más. Estoy abierto a que durante esta semana hagáis aquí comentarios con vuestras dudas o sugerencias, y prometo tratarlas en el próximo capítulo.

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¿Por qué me gusta…? (Neurobiología de la belleza)

Introducción

El Sol radiante parece hacerse más y más grande a medida que cae la tarde mientras va perdiendo buena parte de su luz cegadora, se diría que coqueto deja de deslumbrarnos sólo para dejarnos ver cómo se zambulle elegante en el mar. Pero no se va sin más. Antes pinta el cielo de rojos y ópalos, torna calientes los colores de casi todo lo que toca y nos acaricia la retina durante unos pocos minutos. O podría simplemente decir que el Sol se pone, como cada día, pero me sabría a poco. Me sabría a poco porque no haría referencia al delicioso espectáculo que, sentado en la arena a la orilla del mar, he disfrutado durante buena parte de mi infancia, al placer que se siente cuándo durante esos minutos parece que el mundo está ahí actuando para ti, al placer de tanta belleza que, en realidad, se encuentra mucho más cerca que el lejano astro, bien protegida en el oscuro y gelatinoso lugar donde se forma, en nuestro cerebro.

¿Por qué a ti te gusta ese cuadro y a mí me parece horrible? ¿Por qué nos eriza el vello esa canción? ¿Por qué podemos sentir placer simplemente observando, por ejemplo, una noche estrellada? ¿Qué es, en esencia, la belleza?

Sentimos placer para sobrevivir

Un gato famélico ve pasar un pequeño ratón por delante de él corriendo, enjuto y veloz hacia un trocito de fruta madura. El gato siente la falta de alimento en forma de un deseo que todos conocemos bien, el deseo de nutrientes que llamamos hambre. El deseo nace de una necesidad, un desequilibrio interior que genera en nuestro cerebro la expectativa de una posible recompensa, nos pone en marcha para buscar, para conseguir eso que necesitamos para restablecer el equilibrio en nuestro organismo.

El cuerpo del gato se pone en tensión, una tensión silenciosa y pétrea, evitando todo movimiento innecesario y ralentiza la respiración. Se apoya firmemente en las patas traseras con las delanteras prestas a agarrar a su presa. Cuando el ratón cruza la distancia crítica las patas traseras del gato liberan toda la tensión como un resorte mortal y cae sobre el roedor agarrándolo con sus uñas y mordiendo, de forma asombrosamente eficiente, la columna vertebral e interrumpiendo para siempre la conducción nerviosa a través de la medula espinal de su almuerzo. Tras la caza y mientras lo ingiere, el felino experimenta placer, el placer de la consecución de alimento,  de la necesidad biológica saciada.

El placer cumple una función primordial en los seres vivos, es el impulso que nos motiva y moviliza para buscar aquellas cosas que necesitamos para sobrevivir y reproducirnos. Es el motor de la vida. Sentimos placer al comer si estamos hambrientos, sentimos placer al beber si estamos sedientos, sentimos placer al encontrar calor cuando hace frío y viceversa, sentimos placer al mantener relaciones sexuales… Hasta aquí todo tiene sentido, claro y evolutivo, pero… ¿entonces por qué sentimos placer cuando observamos un cuadro de Monet, cuando escuchamos una canción o cuando leemos poesía?

La belleza, un privilegio humano

¿Alguien se imagina a un orangután maravillándose ante el David de Miguel Ángel? Probablemente no (o al menos no debiera…). El placer que el ser humano es capaz de experimentar ante una escultura, pintura, novela o cualquier obra de arte es un privilegio del que no gozan ni siquiera, nuestros más allegados en la escala evolutiva. Decía Kant en el siglo XVIII que “la belleza es placer y conocimiento”,  y ningún neurocientífico hasta el momento ha podido rectificar esa afirmación. Debemos tan noble y hedónico privilegio a la densa capa de neuronas que recubre el resto de nuestro cerebro, el córtex  (o corteza cerebral). Esta parte de nuestro cerebro, especialmente la parte frontal, es la que desde nuestros parientes primates se ha hipertrofiado de forma realmente sorprendente, haciendo de nosotros lo que somos (para bien, y para mal), seres humanos, homo sapiens.

El dramático aumento de grosor de esta capa del cerebro en nuestra especie es la responsable de que seamos capaces de extraer información del entorno, de analizar y utilizarla para formarnos ideas, conceptos abstractos, nos permite comprender lo que nos rodea. Nos hace más inteligentes, nos permite prever con más exactitud lo que puede ocurrir ante una escena similar a un recuerdo pasado. Si un impala es atacado por un tigre y sobrevive, su cerebro asociará las rayas del animal con el peligro que corrió su vida, y ante la visión de un ejemplar similar desencadenará una respuesta de huída para salvar su vida. Si un humano es atacado por un tigre, desde luego temerá a los tigres, pero su córtex extenderá ese miedo al concepto de depredador felino y de esta forma protegerá su vida de forma más eficiente. Es más, manejar conceptosabstractos y planificar, dota al hombre de la capacidad, por ejemplo, de elaborar trampas para protegerse de los animales peligrosos  antes de ser atacados de nuevo. También nos permite comunicar esta información a otros individuos que aún no son conscientes del peligro, incluso a aquellos que jamás han visto un tigre es, como se puede ver, un arma increíblemente valiosa. No es un arma perfecta, y en ocasiones puede tener doble filo, si el miedo se extiende a un concepto aún más amplio, como por ejemplo “selva” o “animal”, provocando lo que conocemos como fobias, desencadenando miedo irracional, en ocasiones incluso al simple hecho de salir a la calle… pero eso sería suficiente para otro post y, a pesar de lo que cuesta no emocionarse con la neurociencia más de la cuenta, haremos un esfuerzo y seguiremos por el camino que ahora nos ocupa ;)

El feliz encuentro

¿Qué tiene que ver el rollazo de antes con la belleza? Ahora es cuando Freud diría “Dígamelo usted.” (es broma, probablemente seguiría completamente callado). Pues sí, tiene mucho que ver y nunca mejor dicho. Cuando vemos un cuadro, una imagen, pongamos por caso, de unos girasoles, gracias a nuestra corteza frontal desarrollada originalmente para sobrevivir a los peligros de nuestro entorno, comprendemos que son girasoles. Y es en ese momento, en que la obra de otro homo sapiens, entra mediante nuestros ojos en el cerebro en forma de imagen y se produce el “Eureka!” al asociarse esa imagen con el concepto abstracto “girasol”, previamente almacenado en nuestro cerebro, en ese preciso instante se obra el “milagro”: unas cuántas moléculas de una sustancia llamada dopamina se liberan en un centro situado en lo más profundo del cerebro (el núcleo accumbens) y nos provoca placer, probablemente el placer más noble y enriquecedor que conocemos, el placer ocasionado por el conocimiento. A la calidad de ese objeto que, mediante el proceso del conocimiento, nos provoca placer, le llamamos belleza.

Los matices de la belleza

El apartado anterior constituye una explicación neurobiológica y evolutiva sobre la naturaleza de la belleza. Desde luego, hay muchas otras perspectivas desde dónde abordar un concepto tan profundo y complejo y muchos matices que desarrollar. Tantos matices que dan cuerpo a todo un campo apasionante del conocimiento, la estética.

¿Por qué la misma canción que a mi me parece preciosa, a ti te parece un bodrio? Se han realizado varios estudios dirigidos a discriminar qué es lo que hace que un objeto le parezca bello a un sujeto concreto, pudiendo no provocar a misma reacción en otro sujeto distinto. Se han identificado así distintas cualidades que hacen que algo nos parezca bonito: el grado de simetría, la complejidad-simplicidad, la novedad, la proporción… Pero también se han identificado factores relacionados con la persona que observa y emite el juicio estético (esto es bonito o es feo): el estado emocional en que se encuentre en ese momento, el interés que tenga en ese estímulo concreto (si es aficionado a la música, en el caso de una canción), la relación con el estatus social o adquisitivo, o el nivel cultural.

Estudiamos la belleza, la forma en que nuestro cerebro interpreta y nos traduce en forma de placer o aborrecimiento los estímulos externos de cualquier naturaleza, y encontramos características comunes a la mayoría de humanos, rasgos que nos permiten intuir que mecanismos utiliza el cerebro para dar vida a ese juez estético (más o menos competente… ;P) que todos llevamos dentro. Pero el verdadero misterio y a la vez maravilla de la belleza, es que ese juicio caprichoso se produce en la más hermética intimidad de nosotros mismos, donde no hay reglas, en esa profundidad en la que no tenemos control consciente, y lo que nos gusta…  nos gusta, nos guste, o no ;)

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¿Qué es la belleza? (Capítulo II)

Neoclasicismo y romanticismo: prohibido suicidarse!

El neoclasicismo nace en el siglo XVIII de manos (o debiera decir de cerebros) de la ilustración. El sexo femenino comienza a tomar protagonismo en el arte y la cultura. La figura de la mujer se representa más libre, se pintan pechos desnudos, y se aprecia una belleza menos insinuante y sensual, y más natural, melena suelta y se acabó el corsé. Es una vuelta, en cierto modo, a los valores clásicos de simetría y equilibrio, pero se acogen los sentimientos y las pasiones, no como perturbaciones irracionales de la mente, sino como otra facultad humana, junto a la razón.

Durante el romanticismo, las historias sobre grandes gestas heroicas dejan paso a la visión sentimental de la vida cotidiana. El amor pasional se va convirtiendo en amor romántico, se encuentra la belleza en un amor profundo e íntimo, un amor trágico que a menudo lleva a un desenlace fatal, siendo la muerte también bella, en cuanto su lado enigmático e insondable. De hecho, la fascinación por la muerte y su simbolismo como culminación del sufrimiento amoroso fue tan notable en esta época que llevó al mismo Napoleón a prohibir por decreto el suicidio por amor. Durante el romanticismo se comienza a valorar la libertad, por encima de la de las normas clásicas. Se prefieren las historias abiertas, con distintas interpretaciones posibles, a las historias con un final unívoco y perfectamente coherente con el hilo del relato. La pasión por alcanzar la perfección se va transformando poco a poco en curiosidad por la experimentación y la búsqueda de sensaciones nuevas.

Siglo XX: máquinas y vanguardias. 

La belleza natural pierde protagonismo frente a la belleza de las creaciones del hombre. Las grandes obras pictóricas chupan rueda de los coches de carreras, nace la era de la estética industrial. Las grandes máquinas ya no necesitan esconder los engranajes bajo la chapa, ahora muestran orgullosas los mecanismos que las hacen tan terriblemente eficientes, o bien se rediseña su apariencia externa para hacerlas más efectivas (“styling”). La belleza pasa de ser un concepto más profundo e inalcanzable a ser más funcional, coqueteando con el poder y la tecnología naciente.

En un momento histórico donde las ideas científicas de Bergson o Einstein cuestionan la realidad que conocemos, dándole elasticidad al tiempo y al espacio, pero sobre todo, a la imaginación… También contribuyen, si bien no a conocer dimensiones nuevas de la realidad, a deformarla y torturarla, ideólogos como Freud, plantando la semilla de lo onírico e indescifrable, como escape a los límites lógicos del mundo real (aunque la intención inicial fuese muy distinta…). Nacen las vanguardias: arte abstracto, dadaísmo, cubismo, futurismo… y sobretodo, el consagrado surrealismo.

Y, hoy… ¿Qué es la belleza?

Estamos en la era de la neurociencia, la curiosidad humana vuelve la vista 180º grados, pero no para mirar atrás, sino para descubrirse a sí misma en los sugerentes surcos de esa nuez hirviente que contiene todo lo que conocemos, el cerebro. ¿Porqué hay cosas que nos parecen bellas, y otras que nos provocan repulsión? ¿Qué ocurre en ese kilo y medio de masa blanca y gris cuando nos quedamos en éxtasis escuchando cantar a Lizz Wright? ¿Cómo se transforma esa persona, que tanto nos gusta, en impulsos eléctricos, y éstos en placer?

Las respuestas a esas preguntas y otras tantas más dan para otro post, y ahora mismo me pongo a ello… si os parece bien.

Próxima parada:   Neurobiología de la belleza.

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¿Qué es la belleza? (Capítulo I)

La mirada deja de recorrer frenéticamente la superficie de la piedra de ámbar y cae muerta al suelo. El cansancio encefálico se refleja en las pupilas dilatadas en un último esfuerzo por dejar pasar la luz, portadora de la esencia estética de los objetos en un código que el cerebro no inventó (que no es poco en estos días) pero interpreta, a saber cuán deficitariamente. Ya es inútil, el monstruoso maremágnum de axones tan cuidadosamente entrelazados, tan significativamente conectados, capaz de coordinarse asombrosamente y paradójicamente lerdo para entenderse a si mismo está claudicando. Hace más de una hora que consume cantidades ingentes de energía, para volcar inimaginables moléculas de neurotransmisores con el único objetivo de encontrar algo más en esa superficie lisa y simple de una piedra de ámbar. No busca aristas, ni motas de polvo, ni esas pequeñas, sinuosas y delatoras líneas de sudor con las que firman nuestros dedos todo lo que tocan, ni siquiera restos de vida ancestral despistada, atrapada en la primitiva resina, tan populares en el cine. Nada material, busca algo más abstracto, algo que conectado a esa imagen tuviera significado y obrara el milagro. La desesperación comienza a hacer mella en su capacidad de razonar, de argumentar contra la seca realidad, contra la superficie tan bruscamente recortada de la piedra de ámbar. Pero no puede ser tan simple. Algo tiene suficiente fuerza como para seguir empujando a la exasperada masa gris a seguir buscando más allá de la mera presencia material. Algo que explique esa maravillosa y extraña sensación, un placer que nace sólo de la admiración… ¿Qué es la belleza?

¿Qué es la belleza?

Obviamente se trata de una cuestión no resuelta, a diferencia de otros post en los que hemos tratado temas de los que tenemos evidencias científicas bien determinadas, éste es un terreno subjetivo, un reto que espero asumamos con gusto y terminemos con… gusto.

La belleza es algo que tratamos cada día, la evaluamos cada mañana, nada más levantarnos, en el espejo. Cambiamos nuestro aspecto continuamente persiguiéndola. La buscamos casi inconscientemente en cada rostro que vemos, en la ropa que nos ponemos, en el coche que compramos, incluso en lo que comemos, en la voz que escuchamos, en la música… Dejamos que nos influya en casi todas nuestras decisiones, de las más importantes como elegir pareja, hasta las más banales como elegir un simple bolígrafo.

Y a pesar de estar presente en todas las facetas de nuestra vida, y de la poderosa influencia que tiene sobre nosotros, tenemos serios problemas cada vez que intentamos definirla. Tanto es así, que nos contradecimos continuamente cuando la manejamos. Vemos por ejemplo personas que van a disfrutar, bien trajeadas, las obras vanguardistas que pretenden luchar precisamente contra ése canon clásico de belleza.

La belleza está pues está pues relacionada en la forma en que vemos y deseamos lo que nos rodea. Pero, ¿cómo queda reflejado el concepto de belleza de una época, o de una civilización?

Es difícil saber como les gustaba a los griegos tener ordenadas sus sandalias, pero no lo es tanto saber que concepto tenían de un hombre o una mujer bella, de una historia bonita o de una escultura hermosa. Belleza no es sinónimo de arte, pero el arte en todas sus formas, nos ayuda a entender lo que un colectivo encuentra bello. No vamos a hablar aquí de la historia del arte, pero para entender que es lo que tienen en común, si es que lo tienen, las cosas que han cautivado los sentidos de personas de diferentes épocas y lugares, si que irán apareciendo obras que han simbolizado la belleza en un contexto determinado.

Antigua Grecia, la herencia de Apolo.

En la Grecia antigua: kalón “todo aquello que gusta, q atrae, q despierta admiración”. El ideal griego de belleza se basa en la simetría y la proporción. Se da prioridad a los sentidos de la vista y el oído, probablemente porque éstos son más sencillos de expresar en forma de medidas y proporciones, amén de que no precisan de contacto físico para ser disfrutados a diferencia del gusto y el tacto, o incluso de la proximidad como el olfato. Dentro de los dos primeros era preferida la vista, pues permite la contemplación detenida (pintura, escultura…), la representación de una idea, mientras que el oído es una puerta a la música, dinámica, que mueve pasiones. La música lejos de la pureza de una idea emocionalmente estéril, es para los clásicos de una belleza distinta, impura, un fluir perenne, propia de Dionisos, dios griego del vino y el caos, el lado oscuro de la belleza. En el otro extremo el dios Apolo, hermano de Dionisio, es la representación de la armonía, el orden y la razón, estandarte de la mayoría de filósofos de la época. De ahí los adjetivos apolíneo y dionisíaco.

Así pues, los antiguos buscaban la “belleza ideal” de Platón, simple y desnuda, la de la proporción exacta, las medidas justas y la simetría precisa.

Edad Media, sombras y misterio.

La extensísima época medieval fue un vasto océano oscuro, marcado por el pensamiento mágico y la religiosidad en todas las esferas de la sociedad. Una época triste para la ciencia, y también para la cultura, aunque por supuesto, hay mucho… mucho, que matizar.

El artista medieval no perseguía la belleza como tal, la belleza se entiende como un concepto funcional, la belleza debía servir para algo. No es difícil advertir que cualquier forma de arte medieval, ya sea música, pintura, arquitectura, escultura… tenía un denominador común principal, la temática religiosa. Las obras de arte se utilizaban como ofrendas a Dios, o bien con la función pedagógica de enseñar al pueblo analfabeto las doctrinas de la fe, las historias sagradas que aleccionaban sobre los preceptos religiosos. No se trataba pues de crear, buscando formas cercanas a la perfección como en la antigüedad, tarea por supuesto completamente exclusiva de El Gran Arquitecto, si no de la representación mundana de relatos, fábulas y mitos, que moldeasen la espiritualidad de los hombres y mujeres de la época.

Es la época del simbolismo y las contradicciones, todo tiene un significado doble u oculto. Cada animal tiene un significado distinto, en ocasiones contradictorio (el León representa a Jesucristo como Rey, pero también puede simbolizar al demonio, como felino poderoso). Los nobles visten capas rojas, aunque el rojo es también el color de las prostitutas…

Arquitectónicamente es tiempo de catedrales y edificios espirituales, en especial en las corrientes románica y gótica. Construcciones repletas de símbolos, por lo general altas y oscuras, de estética una vez más funcional, pues trata de provocar sensaciones místicas, temor, alentar el pensamiento mágico para fertilizar el campo de cultivo de la fe.

En conjunto es una época de la que poco sabemos realmente sobre el ideal de belleza de los hombres de a pie, dado que lo que marcó el arte fue este carácter intencional de respuestas concretas en el observador, y no tanto el conseguir el placer simple y puro de la contemplación de algo bello.

Continuará…

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Dopacitas

“No puedes depender de tus ojos cuando tu imaginación está fuera de foco” Charles Darwin.

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¿Por qué dormimos? ¿Qué significan los sueños?

¿Por qué dormimos?

Una mañana de septiembre de 1974 James Reeves, un experimentado capitán de vuelo, hablaba desde la cabina de su avión comercial con la torre de control. La última frase que retransmitió aquella mañana, poco antes de morir, es una frase que todos hemos dicho en alguna ocasión, y muchos, demasiado a menudo: “Rest, all I need is to Rest” (Descansar, lo único que necesito es descansar). 30 minutos después de pronunciarla se estrellaba su avión contra el suelo de Carolina del Norte, con James y otras 81 personas.

Pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo. Todos hemos sufrido los efectos de la falta de sueño, y a nadie le cabe duda de que necesitamos dormir. Pero ¿por qué? ¿Para que sirve dormir? ¿que hace nuestro organismo mientras duerme que no pueda hacer despierto?

Existen miles de hipótesis acerca de las funciones del sueño (con sueño me refiero a dormir, en adelante cuando quiera referirme a los sueños, lo haré con el término ensueño, para evitar confusiones y frases retorcidas). De entre todas esas posibles funciones del sueño, tenemos un nivel aceptable de evidencia científica de las siguientes:

  1. Reposición y gestión de la energía química del cuerpo.
  2. Memorización y consolidación de lo que hemos aprendido durante la vigilia.
  3. Regulación de la temperatura del cerebro.
  4. Eliminación de las sustancias nocivas que produce el cerebro durante la vigilia.
  5. Reparación de los tejidos del cuerpo.
  6. Plasticidad cerebral (modelado del cerebro) durante la fase embrionaria.

¿Entonces todo ser con neuronas necesita dormir? ¿por qué no duermen las moscas?

En cierta forma sí, los seres con sistema nervioso necesitan dormir. Ocurre que no todos de la misma forma. Si tienes un hamster en casa, y dependiendo de la raza, le podrás contar 17 o incluso 20 horas de sueño, si tienes un gato alrededor de 12 horas (aunque si tienes a los dos, el hamster dormirá probablemente bastante menos ;) ). En cambio, un caballo tiene más que suficiente con 3 horitas de sueño, y además duerme de pie! Tradicionalmente se creía que los delfines no dormían, aunque gracias a la técnica del electroencefalograma, hoy sabemos que consiguen mantener cierto grado de vigilia porque sólo duerme alternativamente la mitad de su cerebro. Animales más simples, desde el punto de vista nervioso, como las moscas, los caracoles, los escorpiones… los invertebrados, que no poseen cerebro, no podemos decir que duerman, al menos no de la misma forma que los seres con cerebro, pero sí apreciamos una disminución de sus capacidades, acompañada de unos cambios conductuales típicos (postura, lugar, disminución de la actividad…), durante unas determinadas horas al día. Y si no les permitimos hacerlo mediante alguna técnica, se ven menoscabadas sus capacidades, o incluso su supervivencia.

¿Qué pasa en el cerebro cuando dormimos?

Desde 1920 somos capaces de registrar la actividad eléctrica del cerebro mediante unos electrodos y transcribirlo en trazos para su lectura y análisis posterior, a esta técnica la llamamos electroencefalograma (EEG). Cuando estudiamos la actividad eléctrica del cerebro de un sujeto mientras duerme observamos 5 fases:

  • Fase I: somnolencia.
  • Fase II: sueño superficial.
  • Fase III: sueño medianamente profundo.
  • Fase IV: sueño profundo.

Mientras una persona va cayendo en el sueño, y va pasando progresivamente por estas fases, en el EEG se puede observar como la actividad desordenada y caótica del cerebro se va organizando, dibujando un patrón de ondas lentas. Pero tras seguir avanzando en la fase IV ocurre algo fascinante. El dibujo del electroencefalograma vuelve súbitamente a dibujar una tormenta de líneas sin sentido, un trazado caótico que nos indica que el paciente está despierto, pero si  observamos a la persona, la vemos completamente dormida, y no sólo está dormida, si intentamos despertarla nos costará aún más que en la fase IV. Es el sueño más profundo, y si conseguimos despertarla nos dirá, probablemente, que estaba soñando. Si nos fijamos en sus ojos cerrados, advertiremos que debajo de los párpados los ojos bailan con movimientos rápidos. Es la fase V: el sueño REM (rapid eye movement).

El sueño REM es tan característico que al resto de fases se les suele llamar sueño no-REM. Al sueño REM también se le ha denominado sueño paradójico o sueño de los ensueños y se acompaña de ensueños intensos y ricos en contenido, colorido y sensaciones.

¿Nos quiso bien Morfeo?

Cuenta la mitología griega que Hypnos aburrido e insatisfecho con el transcurso vacío de las horas de sueño que había procurado a la humanidad, envío a su hijo Morfeo para dar vida a los sueños, para que esas horas no pasaran en vano, brindándonos cada noche experiencias nuevas y fantásticas. Pero… ¿es tan maravilloso el regalo de Morfeo?

La emoción que domina en los ensueños (o al menos en lo que podemos recordar de ellos al despertar) es la ansiedad. Se sigue de los sentimientos de felicidad, y en tercer lugar de ira o rabia. Durante los ensueños podemos hacer cosas increíbles, podemos volar, leer la mente, cantar a la perfección, podemos ser otras personas, podemos practicar sexo con quien queramos… pero también nos podemos ver presa del pánico, ser perseguidos o acosados, podemos vivir una guerra, o un espectáculo dantesco indescriptible. Los ensueños están cargados de emociones, tanto que podemos llegar a despertarnos desesperados chillando en mitad de la noche ( por cierto… lo siento!!).

Mientras soñamos, el córtex prefrontal orbitario, el córtex cingulado anterior y el núcleo de la amígdala cerebral, que son las estructuras del cerebro que se encargan de ponerle emoción a la vida (literalmente) se encuentran activadas, incluso pueden activarse más que mientras estamos despiertos! lo cuál explica las fuertes sensaciones y sentimientos que tenemos durante los ensueños. En cambio las partes del cerebro que se ocupan de la planificación, el análisis racional, la atención y la memoria (resto de córtex prefrontal y su activador el locus coeruleus) se encuentran inhibidas, prácticamente “apagadas”. Y ésto último explica el porqué los sueños son caóticos, irracionales y tan faltos de coherencia. Por último el hipocampo, que es dónde el cerebro almacena mayoritariamente los recuerdos, tiene malfuncionando su sistema de recuperación de datos, es decir, que los recuerdos salen de forma un tanto anárquica, sin órden ni concierto. De esta forma es difícil que los recuerdos se integren de forma precisa en el entramado onírico del ensueño, por eso cuándo sueñas que estás en tu casa y abres la puerta del lavabo aparece el patio del colegio, o cuando estás con tu pareja resulta que tiene el rostro de tu compañera/o de trabajo, y ahí es dónde aparece un tema algo peliagudo… ¿cómo interpretas eso? (¿y tu novia/o?…)

¿Se pueden interpretar los sueños?

Tenemos constancia de que los ensueños han maravillado e intrigado al ser humano desde que tenemos testigos de nuestro pensamiento por escrito, o en pintura. Se han intentado interpretar en base a multitud de teorías, y no pocos han tratado (desgraciadamente con éxito en muchos casos) ganarse la vida interpretando los sueños de los demás.

¿Que nos dice el saber científico de hoy en día acerca del significado de los sueños? En primer lugar nos dice que hay muchas dificultades en tratar de dar un significado al contenido de esas historias caprichosas y caóticas que son los ensueños. De entrada es algo de lo que sólo somos capaces de hablar a posteriori y tras haber olvidado alrededor del 90% de la historia. Además, dado que son historias que nos conciernen e implican emociones intensas, adornamos, omitimos y reinterpretamos sin ser conscientes. Por lo tanto, lo que tenemos para analizar del sueño original una vez despiertos es muy poco. Lo que sí sabemos es que la idea de Freud en su “La interpretación de los sueños” (1900) de que los ensueños es una forma disfrazada y simbólica de nuestros impulsos sexuales no se sostiene por ningún lado, jamás se ha podido demostrar.

Dado que el cerebro de cada uno de nosotros le da valores distintos a cada objeto, cada situación y a cada persona, tratar de compilar una especie de diccionario objeto=significado, como si cada cosa significase lo mismo para todo el mundo es completamente absurdo.

Hoy por hoy, no tenemos manera de universalizar o estandarizar las experiencias oníricas (lo vivido en los ensueños), por lo tanto, no hay ninguna forma fiable de saber qué nos quiere contar nuestro cerebro con ese puzzle de emociones, imágenes y situaciones. De hecho, ni siquiera sabemos si realmente quiere contarnos algo, o simplemente es el efecto secundario de la activación de las neuronas con otro fin.

Pero… hoy he soñado algo muy extraño, tiene que significar algo!

Quizás, pero nunca lo sabremos. Y ésa es precisamente la calidad más emocionante de los sueños. Nuestra imaginación vuela con casi total poder sobre nuestros sentidos, nuestras sensaciones y nuestras emociones. Mientras soñamos, nuestra mente juega con nuestros recuerdos, nuestros deseos, la realidad, nuestras emociones, nuestros sentimientos, crea… se hace libre. La realidad no puede poner más límites que los que ya puso a nuestra propia mente, y desde luego, nunca fue tan generosa ni lo ha vuelto a ser.

Así que cuando vayas a dormir esta noche, cierra los ojos, pon tu mente en blanco, y prepárate para vivir intensamente otra experiencia única y extraordinaria, que probablemente jamás recordarás.

Desmontando mitos:

- ¿Existen los sueños premonitorios? Nunca se ha podido demostrar que alguien pueda predecir lo que va a ocurrir, aunque claro está, una vez que algo ha ocurrido, por pura estadística, es muy probable que alguien lo haya soñado.

- ¿Es verdad que se puede aprender algo mientras se duerme si dejamos reproduciendo una grabación con lo que queremos recordar? Lo siento, no. Durante la noche se consolidan los recuerdos, como hemos comentado al principio del artículo, de forma que a la mañana siguiente recordaremos mejor lo que hayamos leído o visto en las últimas horas antes de caer dormidos. En varios experimentos científicos se ha tratado de conseguir que un grupo de personas recuerde una grabación que se les ponía mientras dormía, el resultado ha sido siempre nefasto.

- ¿Es verdad que creces mientras duermes? Es durante la noche cuando se segrega mayor cantidad de la hormona que nos hace crecer, la GH (Growing Hormone, no Gran Hermano…). Así, cuándo estamos en edad de crecimiento, en cierta forma se puede decir que sí.

- ¿Es cierto que se pueden provocar pesadillas comiendo nuez moscada antes de ir a dormir? La nuez moscada contiene un compuesto químico de la familia de las anfetaminas, la fenilisopropilamina. A dosis altas (más de 7 gramos) tiene propiedades alucinógenas. Una sola nuez moscada no tiene efectos perceptibles en el ser humano, al menos, mientras está despierto. Pero, a parte de que probablemente no te siente bien, para que complicarte la vida, a Morfeo ya se le ocurren malas ideas solito…

- ¿Es verdad que se puede recuperar el sueño perdido durmiendo mucho de  un tirón? Se ha demostrado que cuando se priva de sueño a un sujeto durante varias horas, o se le va despertando durante la noche evitando que tenga sueño REM se observa que la primera vez que duerme libremente aumenta notablemente la cantidad de sueño REM de forma compensatoria, Morfeo se cobra su deuda. De hecho, si nos paramos a pensar, cuando nos ponemos a dormir finalmente después de una larga juerga, tenemos sueños mucho más largos e intensos de lo habitual. Lo cuál no significa que dormir un día muchas horas, arregle los desperfectos de la falta de sueño acumulado.

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