¿Por qué me gusta…? (Neurobiología de la belleza)


Introducción

El Sol radiante parece hacerse más y más grande a medida que cae la tarde mientras va perdiendo buena parte de su luz cegadora, se diría que coqueto deja de deslumbrarnos sólo para dejarnos ver cómo se zambulle elegante en el mar. Pero no se va sin más. Antes pinta el cielo de rojos y ópalos, torna calientes los colores de casi todo lo que toca y nos acaricia la retina durante unos pocos minutos. O podría simplemente decir que el Sol se pone, como cada día, pero me sabría a poco. Me sabría a poco porque no haría referencia al delicioso espectáculo que, sentado en la arena a la orilla del mar, he disfrutado durante buena parte de mi infancia, al placer que se siente cuándo durante esos minutos parece que el mundo está ahí actuando para ti, al placer de tanta belleza que, en realidad, se encuentra mucho más cerca que el lejano astro, bien protegida en el oscuro y gelatinoso lugar donde se forma, en nuestro cerebro.

¿Por qué a ti te gusta ese cuadro y a mí me parece horrible? ¿Por qué nos eriza el vello esa canción? ¿Por qué podemos sentir placer simplemente observando, por ejemplo, una noche estrellada? ¿Qué es, en esencia, la belleza?

Sentimos placer para sobrevivir

Un gato famélico ve pasar un pequeño ratón por delante de él corriendo, enjuto y veloz hacia un trocito de fruta madura. El gato siente la falta de alimento en forma de un deseo que todos conocemos bien, el deseo de nutrientes que llamamos hambre. El deseo nace de una necesidad, un desequilibrio interior que genera en nuestro cerebro la expectativa de una posible recompensa, nos pone en marcha para buscar, para conseguir eso que necesitamos para restablecer el equilibrio en nuestro organismo.

El cuerpo del gato se pone en tensión, una tensión silenciosa y pétrea, evitando todo movimiento innecesario y ralentiza la respiración. Se apoya firmemente en las patas traseras con las delanteras prestas a agarrar a su presa. Cuando el ratón cruza la distancia crítica las patas traseras del gato liberan toda la tensión como un resorte mortal y cae sobre el roedor agarrándolo con sus uñas y mordiendo, de forma asombrosamente eficiente, la columna vertebral e interrumpiendo para siempre la conducción nerviosa a través de la medula espinal de su almuerzo. Tras la caza y mientras lo ingiere, el felino experimenta placer, el placer de la consecución de alimento,  de la necesidad biológica saciada.

El placer cumple una función primordial en los seres vivos, es el impulso que nos motiva y moviliza para buscar aquellas cosas que necesitamos para sobrevivir y reproducirnos. Es el motor de la vida. Sentimos placer al comer si estamos hambrientos, sentimos placer al beber si estamos sedientos, sentimos placer al encontrar calor cuando hace frío y viceversa, sentimos placer al mantener relaciones sexuales… Hasta aquí todo tiene sentido, claro y evolutivo, pero… ¿entonces por qué sentimos placer cuando observamos un cuadro de Monet, cuando escuchamos una canción o cuando leemos poesía?

La belleza, un privilegio humano

¿Alguien se imagina a un orangután maravillándose ante el David de Miguel Ángel? Probablemente no (o al menos no debiera…). El placer que el ser humano es capaz de experimentar ante una escultura, pintura, novela o cualquier obra de arte es un privilegio del que no gozan ni siquiera, nuestros más allegados en la escala evolutiva. Decía Kant en el siglo XVIII que “la belleza es placer y conocimiento”,  y ningún neurocientífico hasta el momento ha podido rectificar esa afirmación. Debemos tan noble y hedónico privilegio a la densa capa de neuronas que recubre el resto de nuestro cerebro, el córtex  (o corteza cerebral). Esta parte de nuestro cerebro, especialmente la parte frontal, es la que desde nuestros parientes primates se ha hipertrofiado de forma realmente sorprendente, haciendo de nosotros lo que somos (para bien, y para mal), seres humanos, homo sapiens.

El dramático aumento de grosor de esta capa del cerebro en nuestra especie es la responsable de que seamos capaces de extraer información del entorno, de analizar y utilizarla para formarnos ideas, conceptos abstractos, nos permite comprender lo que nos rodea. Nos hace más inteligentes, nos permite prever con más exactitud lo que puede ocurrir ante una escena similar a un recuerdo pasado. Si un impala es atacado por un tigre y sobrevive, su cerebro asociará las rayas del animal con el peligro que corrió su vida, y ante la visión de un ejemplar similar desencadenará una respuesta de huída para salvar su vida. Si un humano es atacado por un tigre, desde luego temerá a los tigres, pero su córtex extenderá ese miedo al concepto de depredador felino y de esta forma protegerá su vida de forma más eficiente. Es más, manejar conceptosabstractos y planificar, dota al hombre de la capacidad, por ejemplo, de elaborar trampas para protegerse de los animales peligrosos  antes de ser atacados de nuevo. También nos permite comunicar esta información a otros individuos que aún no son conscientes del peligro, incluso a aquellos que jamás han visto un tigre es, como se puede ver, un arma increíblemente valiosa. No es un arma perfecta, y en ocasiones puede tener doble filo, si el miedo se extiende a un concepto aún más amplio, como por ejemplo “selva” o “animal”, provocando lo que conocemos como fobias, desencadenando miedo irracional, en ocasiones incluso al simple hecho de salir a la calle… pero eso sería suficiente para otro post y, a pesar de lo que cuesta no emocionarse con la neurociencia más de la cuenta, haremos un esfuerzo y seguiremos por el camino que ahora nos ocupa 😉

El feliz encuentro

¿Qué tiene que ver el rollazo de antes con la belleza? Ahora es cuando Freud diría “Dígamelo usted.” (es broma, probablemente seguiría completamente callado). Pues sí, tiene mucho que ver y nunca mejor dicho. Cuando vemos un cuadro, una imagen, pongamos por caso, de unos girasoles, gracias a nuestra corteza frontal desarrollada originalmente para sobrevivir a los peligros de nuestro entorno, comprendemos que son girasoles. Y es en ese momento, en que la obra de otro homo sapiens, entra mediante nuestros ojos en el cerebro en forma de imagen y se produce el “Eureka!” al asociarse esa imagen con el concepto abstracto “girasol”, previamente almacenado en nuestro cerebro, en ese preciso instante se obra el “milagro”: unas cuántas moléculas de una sustancia llamada dopamina se liberan en un centro situado en lo más profundo del cerebro (el núcleo accumbens) y nos provoca placer, probablemente el placer más noble y enriquecedor que conocemos, el placer ocasionado por el conocimiento. A la calidad de ese objeto que, mediante el proceso del conocimiento, nos provoca placer, le llamamos belleza.

Los matices de la belleza

El apartado anterior constituye una explicación neurobiológica y evolutiva sobre la naturaleza de la belleza. Desde luego, hay muchas otras perspectivas desde dónde abordar un concepto tan profundo y complejo y muchos matices que desarrollar. Tantos matices que dan cuerpo a todo un campo apasionante del conocimiento, la estética.

¿Por qué la misma canción que a mi me parece preciosa, a ti te parece un bodrio? Se han realizado varios estudios dirigidos a discriminar qué es lo que hace que un objeto le parezca bello a un sujeto concreto, pudiendo no provocar a misma reacción en otro sujeto distinto. Se han identificado así distintas cualidades que hacen que algo nos parezca bonito: el grado de simetría, la complejidad-simplicidad, la novedad, la proporción… Pero también se han identificado factores relacionados con la persona que observa y emite el juicio estético (esto es bonito o es feo): el estado emocional en que se encuentre en ese momento, el interés que tenga en ese estímulo concreto (si es aficionado a la música, en el caso de una canción), la relación con el estatus social o adquisitivo, o el nivel cultural.

Estudiamos la belleza, la forma en que nuestro cerebro interpreta y nos traduce en forma de placer o aborrecimiento los estímulos externos de cualquier naturaleza, y encontramos características comunes a la mayoría de humanos, rasgos que nos permiten intuir que mecanismos utiliza el cerebro para dar vida a ese juez estético (más o menos competente… ;P) que todos llevamos dentro. Pero el verdadero misterio y a la vez maravilla de la belleza, es que ese juicio caprichoso se produce en la más hermética intimidad de nosotros mismos, donde no hay reglas, en esa profundidad en la que no tenemos control consciente, y lo que nos gusta…  nos gusta, nos guste, o no 😉

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6 respuestas a ¿Por qué me gusta…? (Neurobiología de la belleza)

  1. Malena Edward dijo:

    Muchas gracias por esta publicación, tan interesante y para leer más de una vez.

  2. Berta dijo:

    cuales son tus fuentes de información? todos tus artículos son muy interesantes, gracias.

  3. Jack dijo:

    Increible, Te felicto!! 😀

    No puedo esperar para leer el siguiene Post!

    Mandame el Link de tu pagina.

    (Y)

  4. El teniente Furilo dijo:

    interesante tete proximo suicidio y me lo leo!

  5. Tere dijo:

    Muy bueno, felicidades, voy a seguir tus post!

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